Misa por el Padre Cuacua

Este viernes 25 de julio a las 19:30 hs se celebrará una Misa por el alma del Padre Cuacua en la capilla de Nuestra Señora de la Misericordia (Colegio Monte VI), al conmemorarse un año de su ida al cielo. Para los que no lo conocieron, el Padre Cuacua fue capellán del colegio durante muchos años. Un rato antes de la Misa estará El P. José Buzzo confesando a los que quieran (a partir de las 19.00 hs y también durante la celebración.)
Están todos invitados.
A continuación transcribimos el artículo que Pablo Carriquiry escribió sobre el Cuacua en el diario del colegio año 2007.
Un capellán que dejó huella
El Padre “Cuacua” Méndez quedará en el recuerdo de todos en el Colegio
Por Pablo Carriquiry*
El pasado 25 de julio el Señor se llevó consigo a quien fuera nuestro capellán, el P. Jorge Méndez, más conocido por Padre Cuacua. Apasionado por nuestro Colegio y nuestros alumnos, nos atendió espiritualmente hasta que no pudo más, dando todo de sí. Como decía San Josemaría, Dios no es un cazador furtivo que está esperando para matar y cazar a la gente tomándola desprevenida, sino que es un jardinero que corta la flor en su mejor momento. Y así se nos llevó al Padre Cuacua, después de pelear durante casi 10 años contra un tumor cerebral.
Era un hombre fácil de tratar, sencillo, de una sola pieza, de mirada pícara e inteligente. Todos quienes lo trataron lo consideraron un amigo. El buen humor que tenía era contagioso. No lo perdió ni en los momentos más difíciles de su enfermedad. Al principio, cuando el médico le anunció la gravedad de lo suyo, él preguntó: “¿puedo celebrar la Misa, confesar y jugar al tenis?”. Ante el desconcierto de los médicos, no le preocupaba su tumor porque lo había puesto “en las manos de Dios”. Siempre tenía la salida divertida en las conversaciones. Un día el médico le dijo: “usted no puede hacer más deporte”. Con su mirada traviesa, él comentó a quien lo acompañaba: “el médico tiene razón, más deporte del que hago, no puedo hacer”.
Su visión positiva de los acontecimientos tenía tanto que ver con su amor a Dios, que convertía todo en ocasión de amarle. Estando ya enfermo, fue a visitar a un amigo operado de un tumor. Su amigo vio acercarse al sacerdote a su lado y escuchó en su oído una cariñosa palabrota, y a continuación: “seguro que estás pensando en lo que no podés hacer; ¿podés respirar? ¿podés leer? ¿podés ir solo al baño?”. El enfermo respondió afirmativamente, y entonces el P. Cuacua le dijo: “dale gracias a Dios por lo que podés hacer y dejate de pensar en lo demás”.
Tenía pasión por lo ordinario de cada día. Disfrutaba de la visita de un chico del Colegio, o de juntar los platos en la mesa sin hacer ruido. Sentía gusto por preparar una meditación para los chicos o por cerrar con delicadeza una puerta. Todo era para él un momento de cielo, de eternidad. Cuando estaba ya muy enfermo decía -con mirada penetrante y sonrisa de complicidad- que era lo único que podía hacer y quería hacerlo bien.
Era tan fanático de Peñarol que había colocado en su despacho una bandera aurinegra. Si el alumno que venía a verlo hacía una reverencia a la bandera, se ganaba un caramelo, cosa que provocó la protesta de varios padres. Pocos he conocido más deportistas que él. A los 15 años era de los mejores tenistas del medio. Fue cinco veces campeón nacional de rugby con el Old Christians Club (jugaba de pilar); la última vez, con la primera división. Fue de los fundadores de Sudamérica Universitario, equipo con el que salió varias veces campeón jugando de arquero. Se recibió de Ingeniero de Sistemas y fue socio fundador de la firma DPS, con la que llegó a trabajar para empresas del exterior. Dirigió varios clubes juveniles, donde se ganó el afecto de tantos. Y decidió dejarlo todo para prepararse para el sacerdocio. Años antes, siendo un joven adolescente, había sentido la llamada de Dios al Opus Dei, a la que respondió con ejemplar fidelidad.
Llegó un momento en el que ya no podía celebrar Misa, ni confesar, ni hacer deporte. Veía poco, pero aún podía caminar. En sus caminatas rezaba decenas de rosarios por una lista muy extensa de intenciones. Allí estábamos anotados centenares de personas: alumnos y familias del Colegio, docentes y funcionarios. Cuando el Señor se lo llevó, era tanta la gente que quería despedirlo que lo velamos en dos escenarios: en su casa de mañana y en la capilla del Colegio por la tarde. Durante la Santa Misa, que celebró Monseñor Enrique Doval (Vicario del Opus Dei en Uruguay), la gente llegaba hasta la calle. Compañeros de clase, amigos, alumnos del Colegio y un sin fin de ex alumnos se ofrecieron para dar una mano ese día para prepararlo todo. Cabe destacar el cariño y la buena disponibilidad de nuestros alumnos de 3º y 4º de liceo para que pudiera celebrarse el funeral, en agradecimiento a Dios por este gran capellán que nos dio y que tanto nos enseñó.
* Director del Colegio Monte VI