“SEMPER FIDELES”, nueva sección de la web de exalumnos.
La página web de exalumnos del Monte VI lanza hoy una nueva sección titulada “SEMPER FIDELES”, cuya traducción del latín es siempre fieles. En la misma se publicarán artículos de interés para los exalumnos sobre temas claves de la vida y de la fe que profesamos. El nuevo servicio de la Asociación de Exalumnos intenta darte ideas claras y argumentos de por qué vale la pena vivir a fondo la fe y cómo la felicidad pasa justamente por ser cristianos coherentes y fieles, “siempre fieles”…
MISA EL DOMINGO
El primer artículo de la nueva sección -escrito por el capellán de los exalumnos Padre Pedro Ferrés- trata sobre la Misa de los domingos. A continuación levantamos el texto para aprender a valorar más la “Misa el Domingo”.

¿Misa el domingo? ¿desde cuándo? La verdad, la verdad, desde hace mucho tiempo. Sin ir tan lejos, los mártires de Abitinia –nos contó hace poco el papa Benedicto-, en los más primeritos siglos de la Iglesia, murieron porque fueron descubiertos reunidos para la celebración de la Misa, lo que estaba prohibido. Cuando a uno de ellos la preguntaron por qué razón trasgredían la ley, contestó: “porque no podemos vivir sin el domingo”.
Lejos, lejos, habría que remontarse al relato de la creación en el Génesis: el séptimo día el Señor descansó. Yavé Dios le dio a Moisés la norma de descansar el sábado, que para los hebreos era el día del Señor. Descansar quería decir estar en familia, orar más tranquilos, dar gracias a Yavé por la liberación de Egipto, alabar a Yavé Señor de todas las cosas. Ese día ni siquiera recogían “maná”, porque Yavé les había indicado que el viernes recogieran doble porción. ¡El sábado era el Día del Señor!
Jesús, desde su propia raíz judaica, instituyó la Nueva y Eterna Alianza, fundada nada menos que ¡en su sangre! ¿Se acuerdan?: “…este es cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza”. Y también: “…haced esto en conmemoración mía”. Y desde entonces la Iglesia, obediente, renueva el sacrificio de la nueva y eterna alianza (que fue la muerte en Cruz de Cristo), aunque ya no en sábado como el pueblo antiguo, sino en domingo, porque Jesús resucitó en domingo. Desde entonces para los cristianos el domingo pasó a ser ¡el Día del Señor! Domingo, Dies Domini, Sunday, día del sol con el que amaneció la salvación.
No podemos vivir sin el domingo. Es el día del Señor. Asistimos a la Misa en la parroquia. Oímos la Palabra de Dios que corresponda y la homilía del párroco, alimento para el alma que nos sostendrá durante la semana. Asistimos a la renovación sacramental del sacrificio de la Cruz en las palabras de la Plegaria eucarística. Nos asombramos por el milagro del Cuerpo y de la Sangre Jesús que se produce sobre el altar. Nos acercamos con respeto al don inmerecido de la Comunión (con el alma limpia ¡obvio!). Y nos volvemos a nuestras casas muy unidos a Dios y a la Iglesia, sintiendo con la Virgen, los ángeles y los santos, la alegría de ser cristianos.